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Padrón e inmigración

Mal que le pese a quien sea, vamos a seguir necesitando inmigrantes en las próximas décadas.

29 de Enero de 2010
Entristece el espectáculo sobre el empadronamiento en Vic. Entristece, porque la ciudad ha trabajado para favorecer la integración de sus inmigrantes. Y la distribución de los escolares de la inmigración entre sus escuelas, independientemente de su localización, no merece más que aplausos. Eso es lo único que funcionará para una correcta integración de segundas y posteriores generaciones.

Entristece, porque ofrece una imagen falsa de la inmigración. La realidad es bien distinta. Como ha destacado Joaquín Arango, a pesar de la crisis, las tensiones con la inmigración han sido prácticamente inexistentes.

Entristece, porque el PP se ha lanzado a un insensato y peligroso aprovechamiento electoral. Puede dar rendimientos a corto plazo. Pero es pan para hoy y hambre para mañana. Porque, a pesar de la crisis, vamos a continuar necesitando de la inmigración, ahora y en el futuro.

Además, las propuestas (contrato de integración o sanidad y escolaridad universales, al margen del padrón) son bien impracticables, bien directamente no democráticas. ¿Cómo planificarían las autoridades educativas y sanitarias las necesidades de la inmigración sin conocer dónde residen las familias?

Además, el contrato de inserción parte de la falsa y poco democrática presunción de que el inmigrante, a diferencia del nativo, tiene que demostrar que comulga con determinados valores. Y estos solo pueden expresarse a través de las leyes.

Cualquier otra medida, sea para nativos o inmigrantes, sería discriminatoria. Las leyes son nuestro contrato social, y son estas las que hay que respetar.

Entristece, porque parece como si la inmigración se hubiera colado de rondón por la puerta trasera del país. Y ello no es cierto, incluso para aquellos colectivos que entraron irregularmente. La inmigración responde a la necesidad de trabajo del inmigrante y a la demanda de trabajadores en la sociedad que lo acoge. Cierto que ahora este argumento pierde capacidad pedagógica. Pero ni desde los medios de comunicación ni desde la política debería aceptarse que se olviden las razones últimas del proceso. ¿O es que vamos a renunciar a la renta que la inmigración generó en los años de la expansión? ¿O es que no recordamos que una parte muy notable de los puestos de trabajo creados para nuestros hijos, con más calidad, mayores salarios y más estabilidad, expresaban el aumento de las necesidades económicas generadas por la inmigración? O, por último, ¿es que nos hemos olvidado de la caída de nuestra natalidad y de que, por ello, la inmigración ha suplido los hijos que no tuvimos?